viernes, 10 de abril de 2015

Una mañana





La despertó el hilo de luz que entraba en la habitación a través de las rendijas de la persiana. Iluminaba los muebles de una forma extraña y hacía que pareciera que había alguien aposentado allí, en el sillón que tenía frente a la cama, mirándola fijamente mientras ella seguía remoloneando entre las sábanas. Seguía arropándose por las noches aunque ya no hacía frío.

Se escuchaba caer el agua en la ducha; él siempre abría el grifo al máximo. Silbaba mientras se enjabonaba. Siempre lo hacía. Aunque hoy no se distinguía muy bien qué silbaba … ¿eso era Girls just want to have fun?

Otro ruido la despertó de nuevo: la máquina de afeitar. Nunca entendió por qué él se afeitaba después de ducharse, ¿no sería más lógico hacerlo al revés? - pensó ella mientras cerraba otra vez los ojos. El siguiente ruido que la despertó fue un portazo y esta vez ya no quiso volver a su sueño.

Se levantó de la cama y salió al pasillo. Lo único que quedaba de él en casa en ese momento era el rastro de su colonia. Siguió el olor hasta la cocina y allí estaban, como todos los días, las tostadas y el café que él le preparaba antes de ir al trabajo.

Se sentó para desayunar con calma, sola, en la cocina, con las voces de la radio de fondo. Hablaban de política como todas las mañanas. Terminó el café y metió todo en el lavavajillas para dejar recogida la cocina y se fue a la ducha. El baño aún olía al gel que él usaba, incluso un rato después de que él se hubiese ido. La verdad es que era una delicia entrar en el baño invadido con ese olor a Magno.

Después de la ducha, se tomó su tiempo para vestirse. Abrió con mimo las dos puertas del armario y, apoyándose sobre el pomo de una de ellas, miró durante unos minutos hasta decidirse por algo: ese conjunto. El conjunto rojo que nunca sabía cuándo ponerse. Alzó la mano para coger la percha de la que colgaba; era un vestido de color rojo, muy rojo. Rojo pintalabios. Rojo pasión. Rojo sangre. Rojo furia. Nunca se atrevía a ponérselo por miedo a llamar demasiado la atención pero, hoy, eso no era un problema; era un día muy normal. Una mañana como cualquier otra, sin nada especial. El mayor problema sería encontrar unos zapatos para ese rojo …¿los negros de tacón, quizá? Sí, los negros. Y el bolso de mano negro. Con eso quedarán bien.

Volvió al baño, asustada por el sonido de sus propios zapatos. Puede que no fuera una buena idea ponerse esos tacones: los mismos que solía ponerse cuando salía a bailar alguna noche. Ay, Dios mío, ¿cuánto tiempo hacía que no salía a bailar? El rojo también coloreó sus labios esa mañana. Y la raya del ojo - y hasta el rimmel - hacía juego con los zapatos y el bolso. Pero el pelo quiso dejarlo suelto. A fin de cuentas, no era un día especial.

Salió de la habitación y cogió sus llaves, que estaban en el mueble de la entrada. Se colocó las gafas de sol; abrió la puerta de la calle y salió. Echó las tres vueltas que tenía la cerradura y guardó las llaves en el bolso. Bajó los dos escalones que salvaban el desnivel que había entre la puerta de casa y la acera, y echó a andar. Y lo único que quedaba de ella en casa era el rastro de su perfume.

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